Aquella tarde parecía más calurosa que las otras tardes de aquel pegajoso verano… Ya eran casi las ocho de la tarde, y Lola estaba allí, tirada en su viejo sofá de terciopelo rosa, dándole vueltas a la cabeza mientras de fondo apenas escuchaba aquel maldito disco que siempre estaba girando en su equipo de música. ¿Por qué diablos no cambio nunca ese disco?, pensó. Era un viejo vinilo de Los Kinks que alguien se dejó olvidado un día en una de aquellas fiestas que montaban cada viernes, aprovechando que sus padres se iban de fin de semana a su pisito en la playa. Lola sonrió, recordando aquellos tiempos, al mismo tiempo que, decidida, se levantó de un salto y fue a sacar el viejo vinilo del pitorrito del tocata, dispuesta a darle una merecida jubilación a Los Kinks. Deben ser más viejos que mis abuelos, pensaba mientras lo tomaba cuidadosa entre sus dedos. Miró a un lado, a otro… ¿Qué hago con esto?... De pronto miró a la ventana, llamando su atención un vocerío infantil que parecía venir de la placita que está abajo. Fue hacia ella, dejó el disco apoyado en la estantería, subió la persiana al tiempo que un rayo de sol se colaba aprovechando el espacio que había dejado libre, deslumbrándola… Maldita sea, ¿será posible que hasta que no se pone el sol no deja de entrar por esta ventana?. De modo que, curiosa, poniéndose la mano derecha en la frente cual visera protectora, sacó la cabeza por la ventana y miró a la plaza. Allí estaban los niños, jugando, corriendo, revoltosos, entre los bancos de la plaza, sorteando a las viejecitas que, ritualmente, cada tarde bajaban y se encontraban al pie de la misma farola, temerosas de que algún día faltara una de ellas… Lola recordó los tiempos en que, ella misma, no hacia demasiados años, ella misma era una de aquellas niñas que jugaba a las prendas, al escondite, al tejo… Pues no han cambiado tanto los tiempos como dicen, pensó. Incluso aquella placita tampoco había cambiado demasiado. Si hasta parece que los árboles están igual que entonces. Los árboles… recordó aquel chico, vecino del bloque de enfrente, que una tarde grabó en la corteza un corazón y, dentro, las letras: L & J… J?.. ¿Como se llamaba aquel chico?... Recordó que, sólo un mes después de aquel día, vio como los padres del chico cargaban su viejo 600 con un montón de maletas, y luego salieron, se montaron todos en el coche, y él sólo acertó a decirle adiós con la mano. Nunca más le volvió a ver. Nada más aquel viejo cartel desvencijado colgado en el balcón que ponía “Se vende” y que, una desapacible tarde del otoño siguiente, una ventolera arrancó de los barrotes llevándoselo quién sabe dónde…. ¿Cómo se llamaba aquel chico?... J, j… ¿Jaime, Julio…?. De repente, un destello le vino a la mente. La plaza se calló, como si en un momento todos los niños dejaran de gritar al mismo tiempo y las viejecitas silenciaran sus entrecortados chismes. El árbol estaba ahí, abajo, lo miró y parecía llamarla. Estaba igual que entonces, ¿estará todavía grabado el corazón?. De un salto, bajó la persiana y salió corriendo por el pasillo, hacia su dormitorio en busca de sus vaqueros, cuando, de pronto, un timbrazo rompió el mágico momento de silencio. El teléfono sonaba….y fastidiada por sacarla de aquella ensoñación se dirigió al salón. Diga? Lauraaaa, cuánto tiempo...! estás en la ciudad? qué alegría! tenemos que organizar una fiesta para celebrar que estas de vuelta!, pero en mi casa no podrá ser porque mis padres hasta julio no se van a la playa, ...de acuerdo, tu buscas el lugar y yo me encargo de avisar a los demás, se pondrán muy contentos cuando les cuente que estás aquí, nos vemos guapa!. Lola colgó el teléfono y respiró aliviada, su amiga de toda la vida había regresado y pronto estarían juntas de nuevo. Comenzó a recordar cómo se conocieron aquella tarde de invierno cuando sus madres las llevaron a clases de danza clásica, que por aquella época era la más extendida entre todas las actividades extraescolares. Ataviadas con un tutú rosa y mallas blancas, ambas tímidamente se saludaron al ver que coincidían en la misma fila, y a partir de entonces fueron inseparables. A la mente de Lola tambíen acudieron recuerdos de sus primeras salidas a las discotecas, los primeros novietes....De repente Lola volvió a acordarse del corazón grabado en el árbol de la plaza, y decidida se vistió y bajó a la calle. A lo lejos divisaba el árbol y su pulso se aceleró mientras se esforzaba por llegar cuanto antes. Una vez allí comenzó a buscar aquel grabado, y tras unos segundos....allí estaba! Intacto, como si el tiempo no hubiera pasado, los trazos suaves y claros de aquel símbolo le llenaron él corazón de sentimientos que dormidos parecían ya olvidados. Contempló la J unos segundos y enseguida acudió a su memoria el nombre de aquel chico: Jorge...
De pronto, cerró los ojos y comenzó a respirar hondo. Muy hondo. Tanto que se sintió mareada, y fue a buscar aquel viejo banco en el que tantas tardes de primavera había pasado de pequeña… ¡Qué rabia!. Como siempre, aquel banco estaba completamente lleno de señoras mayores al cuidado de sus nietos que jugaban en la plaza. De repente, Lola se volvió, parecía que alguien la llamaba, y fue a darse de nuevo de frente con un impresionante rayo de sol que la deslumbró otra vez. Tras unos segundos, en los que se quedó completamente cegada, Lola devolvió la mirada al banco, en el que sorprendentemente ahora no había nadie. Decidida, fue a sentarse rápidamente. Y asi lo hizo, complacida, mirando de frente al gran árbol de la plaza. Desde alli apenas se divisaba el corazón grabado, pero ella sabía que estaba allí, y suspiró sintiendo una extraña sensación entre alegría y melancolía, entre sorprendida y confusa, como cuando encuentras algo que hacía tanto tiempo que habías perdido que ya ni te acordabas, pero que al encontrarlo te da esa impresión entre pena y emoción… Y volvió a cerrar los ojos, los brazos extendidos ocupando todo el respaldo del banco, las piernas estiradas cruzando los pies, la cabeza echada ligeramente hacia atrás… De pronto, comenzó a sentir una agradable brisa que le refrescaba la cara. Sonreía. Con los ojos cerrados, los recuerdos de la infancia iban sucediéndose en su mente, rápidamente uno tras otro, como si tuviera prisa por llegar a ese día. ¡Ese día!... Ella estaba con Jorge, lo miraba orgullosa mientras él terminaba de grabar el corazón. ¡Ten cuidado Jorge, no te vayas a caer!. Jorge se volvió sonriendo, con su navajita en la mano, y le lanzó esa mirada picarona que a ella tanto le gustaba. Terminó de grabarlo y se puso frente a ella. Ella le rodeó el cuello con sus brazos, entreabrió los labios y esperó…. Y asi estaba ella ahora, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, la respiración entrecortada…. Cuando de pronto, una frase la hizo descender de repente de su particular sueño:
-¡¿Lola, que haces ahí?!









