
Un volcán de lujuria a punto de explotar entre sus piernas que, temblorosas, se abrían abandonándose al remolino que la arrastraba, estalló justo en el momento en que aquel desconocido la penetró con fuerza. Hubo un parón, tal vez de dos o tres segundos, los dos amantes se miraron, sus respiraciones entrecortadas se unieron en una, se besaban de una forma febril y descontrolada. El, sintiéndose acogido por los candentes e inflamados labios que ahora rodeaban su miembro, comenzó a moverse despacio, ella, abrazándose con mas fuerza al tremendo vaivén erótico que la penetraba, cerró los ojos, abandonándose al intenso placer que poco a poco la fue poseyendo y dejó que sus gritos, casi animales, rompieran el silencio de la noche.
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